La capital del mundo

Por Jerónimo Alayón
Para la columna Siglo bisiesto

Acabo de releer los cuentos de Hemingway, en edición de Lumen. «La capital del mundo» es uno de los cuarenta y nueve relatos que conforman la antología, que el mismo autor preparó en 1938. Técnicamente no es el mejor relato (en tal sentido, me parece magistral «Las nieves del Kilimanjaro»), pero sí lo siento próximo a la destreza fatalista de Quiroga.

Ya sabemos que Hemingway no es tan apreciado por sus novelas como por sus cuentos, y sospecho que buena parte de ese respeto tiene que ver con su extraordinaria capacidad para silenciar hechos significativos. Vargas Llosa habla en Cartas a un joven novelista sobre ello, sobre cómo Hemingway descubrió el placer de suprimir el hecho principal para que el lector lo descubriera.

A mi modo de ver las cosas, allí radica el desafío de escribir hoy, desde el eclipse de lo obvio que parece principal. Hemingway también desarrolló una habilidad para la precisión y la concreción, para pasar rastrillo a las palabras, sin piedad.

«La capital del mundo» es un relato poblado de elipsis significativas, de silencios a los que el lector debe ponerles su propia voz. Narra la historia de Paco, uno más de los cientos de Pacos que viven en la capital del mundo, un Madrid increíble, y que trabaja como mozo en la pensión Luarca, junto con dos hermanas. Allí vivían toreros de segunda, más pendientes de su apariencia de prosperidad que de otra cosa, obviando el detalle de que hacían vida en una pensioncilla.

Entre los aires del bar, Hemingway va tejiendo la atmósfera que da cuenta de tres toreros, dos picadores y un banderillero, todos venidos a menos. De los tres matadores, uno está enfermo, otro ha caído en descrédito y el tercero es un cobarde. De los dos picadores, uno es borracho y el otro un pendenciero. Y el banderillero parece alguien gris, sin la mala suerte de los otros, pero sin mayores habilidades para procurarse un mejor destino que la apariencia de empresario modesto.

En la taberna pululan otros seres no menos desafortunados. Hay tres camareros: un anarquista fanfarrón, un viejo y Paco. Aparecen en el telón de fondo dos curas, que van a servir para que el camarero anarquista suelte el famoso texto que Caralt censuraría en 1956, a fin de congraciarse con los censores franquistas: «En España hay dos maldiciones: los curas y los toros».

La narrativa de Hemingway no contiene juicios de valor explícitos, pero el autor maneja con tal habilidad el diálogo que se permite decir por intermedio de ellos su modo de ver las cosas, sin que apenas lo notemos. Parecen simples posturas de personajes muy definidos.

Todos los personajes circundantes a Paco sirven para construir una atmósfera de miseria humana que hará de marco a la tragedia final. La historia da un giro brusco cuando Paco y Enrique, el chico lavaplatos, deciden jugar a los toros. Enrique ata dos cuchillos de carnicero a las patas de una silla, y funge de toro, en tanto que Paco luce su desafortunada verónica que le obsequia una muerte absurda.

Mientras Paco agoniza, la miserable vida de los que conoció sigue. Sus hermanas reniegan en el cine de una película de Greta Garbo, el picador borracho liga con una prostituta, el torero enfermo duerme boca abajo, y la dueña de la pensión, boca arriba. Todos prosiguen en su sordidez. Solo Paco «murió, como suele decirse en español, lleno de ilusiones», sin tiempo para decepcionarse de la vida.

Hemingway no se ha cansado de mencionar el miedo desde casi el inicio del relato. Todos tienen miedo, le dirá Enrique a Paco, con la trágica frase que da pie al accidente fatal. Pareciera que el autor no se ha callado nada al escribir el relato. Allí está cada personaje con su miedo y miseria a cuestas. Y allí está la muerte de Paco. Pero Hemingway ha hecho silencio sobre Madrid. Solo ha dicho que es increíble, y uno de los curas en la taberna ha soltado casi al vuelo una expresión rotunda: «Madrid está matando a España». Miedo, miseria y muerte… en Madrid.

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