Variaciones posmodernas del género gramatical

Por Jerónimo Alayón
Tomado de Sinegiasincontrol.com
Tomado de Sinegiasincontrol.com

La cultura de la protesta parece ser un armario posmoderno sin fondo, del que no terminan de salir zafarranchos. Ahora es el turno de los no sexistas y el lenguaje políticamente correcto, quienes pretenden hacer vestir a la lengua la camisa de fuerza de la ideología. Algunos se adelantarán a decir que todo está penetrado por la ideología, pero… ¿no es eso una pretensión ideológica?

Son tres los argumentos que se barajan a la hora de defender el no sexismo: (a) que la mujer ha sido secularmente relegada tanto en la lengua como en la sociedad, y la prueba sería la casi inexistencia del género femenino en las profesiones; (b) que la mujer ha sido eclipsada en el habla por las palabras masculinas, y la prueba: el uso del término hombre para referirse por igual al hombre y a la mujer; (c) que la mujer debe existir en la lengua y en el habla para que exista en la sociedad, cuya prueba es el uso del español como lengua machista en sociedades patriarcales.

Quizá sea bueno rescatar del olvido un artero descuido: género y sexo ni son lo mismo ni necesariamente se corresponden. En 1625, Francesca Caccini sorprendió al mundo siendo la primera mujer que componía una ópera, pero el más sorprendido fue el colectivo masculino de operistas. Tengo entendido que, hasta su muerte acaecida en 1991, Claudio Arrau se sintió orgulloso de ser pianista.

Los no sexistas parecieran estar más ocupados en hacer parecer que ha ocurrido una terrible injusticia con la negación discursiva de la mujer que en hacer que la mujer realmente ocupe el lugar digno que le corresponde en la sociedad. Han olvidado, por ejemplo, que llamamos lengua materna a la que aprendemos de nuestros ancestros, que hablamos de la Madre Tierra y Madre Patria y que a la universidad la llamamos Alma Mater, es decir, Madre Nutricia.

Así mismo, ignoran por completo que en muchos lugares de habla hispana la toponimia montañesa alude a oficios femeninos, algunos sorprendentes como los de la topografía asturiana: Las Filaoras, Las Molineras, Las Carboneras, La Tintera. También se olvidan de las incontables alusiones a la mujer y a la Virgen en los textos religiosos del Siglo de Oro, y de cómo la mujer, en la poesía de lengua española, se constituyó en destinataria excelsa, al punto de que los poetas del romanticismo inventaron toda suerte de anagramas con sus nombres.

Y, por supuesto, en su desmemoria arremetieron contra siglos de tradición discursiva de la lengua, pues, en español, el género masculino es el inclusivo (llamado también genérico, término no marcado o hiperónimo), es decir, que los no sexistas hablan de exclusión de la mujer cuando el género masculino es incluyente y el femenino excluyente. No es lo mismo decir «Dejad que los niños (niños + niñas) vengan a mí» que decir «Dejad que las niñas vengan a mí».

El problema es ideológico. La política es la política y la lengua es la lengua. Para los no sexistas, la política es ideología y la lengua también. Así que intentan meter toda esa ideología en un morfema flexivo de género. Algo así como meter una naranja en la cáscara de una mandarina.

Mucho me temo que a la vuelta de unas décadas los no sexistas masculinos protestarán su eclipse tras la palabra femenina persona (con la que ya se sustituye en los textos no sexistas las palabras hombre o ciudadano) o tras la femenina expresión la especie humana, donde dejarán de sentirse incluidos. También me temo que pasaremos a la historia como los bárbaros que mutilaron su identidad lingüística en nombre de la mujer. Quizás sea bueno recordar que estos mismos no sexistas que están distorsionando la lengua son los mismos que se rasgan las vestiduras cuando alguien hace uso de un anglicismo.

También valdría apuntarles que en la lengua de los goajiros venezolanos el término inclusivo es el femenino (al revés del español), y que curiosamente la mujer goajira no logra visibilizarse en su sociedad androcéntrica. No es forzando artificialmente la visibilidad de la mujer en la lengua que se conseguirá dignificarla, lo cual, me parece, es obviar sus dignísimas luchas desde tiempos inmemoriales. Vender a la mujer el embeleco de que no habrá otros sexismos cuando acabe el sexismo gramatical es vergonzoso. Son las leyes las que ocultan a la mujer, y en países como el mío, la impunidad la que las hace indignamente invisibles.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s