El laberinto de Borges

Por John Parker

Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar… La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.

 Jorge Luis Borges

El laberinto de Borges

2° lugar del VII Concurso Anual Internacional de Relatos Revista Crepúsculo (Argentina, 2012)

1

Borges calló tanto como escribió. Sabía que bajo sus textos subyacían catacumbas de insospechables simbolismos, que solo él podía descifrar en la niebla verde-azul de su invidencia. Tuve certeza de ello una noche cuando releía «La casa de Asterión», y elucubré la sugestiva conjetura de que el laberinto renacía cada mil años. Lo que siguió a aquella epifánica noche fueron meses de encierro entre libros antiguos, historias olvidadas y mitos funambulescos que poblaban las madrugadas de una mente afiebrada por la paranoia intelectual. No fue difícil re(encontrar) o re(crear) la presunta autenticidad del mito.

2

Cuando Atila entró al laberinto, tuvo un mal presentimiento.[1] Los espejos que tapizaban las paredes multiplicaban hasta el infinito su imagen en una cavernosa soledad. Sacó su talega de frijoles y empezó la andadura, dejando tras de sí el rastro redentor. Pero, semanas más tarde, se percataría de que el laberinto respiraba. Las galerías estancas de ayer hoy se franqueaban. Los pasillos cortos se alargaban, y los largos se bifurcaban. Atila comprendió que nunca encontraría al Minotauro, que el Minotauro era el laberinto, y las galerías, las entrañas antropófagas de la bestia.

Luego de unos pocos meses, todos dieron por muerto a Atila. Pero el Azote de Dios vagaba por las galerías con los ojos inyectados de sangre, anhelante de consumar el holocausto. Por sus venas famélicas manaba el frenesí de abrir las fauces del laberinto, y así lo hizo. Una tibia mañana de abril, el laberinto vomitó sobre la campiña visigoda el fermento de su maléfica digestión. Cuando Atila levantó la testuz, miró el nuevo laberinto que se tendía frente a sí, poblado de víctimas propicias para el ara de la codicia. Resonó un bramido terrorífico, y los espejos guardaron mudos el testimonio de la desolación.

3

Borges supo siempre dónde estaba el laberinto del Minotauro. Pero hay otros laberintos. De hecho, hay uno para cada hombre. Excepcionalmente, a un hombre le puede acontecer la siniestra circunstancia de habitar dos laberintos. Tampoco es cierto que todos los laberintos respiren. La mayoría solo hiberna. Unos pocos engullen. Y uno, cada mil años, encarna al Minotauro y hace del orbe su laberinto infernal.

4

Así es, coronel von Stauffenberg: cada mil años, Asterión el Minotauro despierta entre convulsiones peristálticas de un laberinto famélico, que extiende sus galerías sobre las desprevenidas campiñas de un país nuevo, y bajo la mirada cómplice de mil espejos mudos que retardan la llegada de Teseo. Tome su maletín con los explosivos, Coronel. El teniente von Haeften ya tiene el suyo. Cuando salgan del laberinto, si acaso salen, habrá terminado el Tercer Reich.


[1] Cf. Prisco de Panio, Annales Byzantii, III, Tracia, aprox. 470 d.C. Compilado en Historici Graeci Minores (1870), de Ludwig Dindorf. La fragmentaria obra de Prisco ha sido preservada gracias a la Gética de Jordanes (551 d.C), historiador bizantino conocido como Jordanes, defensor Ecclesiae Romanae.

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2 pensamientos en “El laberinto de Borges

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