El fotógrafo

Por John Parker

Finalista en el I Concurso Internacional de Relato Breve «Cada loco con su tema» (México, 2012)

Luigi era fotógrafo profesional, y estaba convencido de que cada uno lleva dentro un espejismo fabricado durante años. Él y su esposa pasaban el día riñendo y la noche reconciliándose. Las cafeterías eran su sitio predilecto para discutir. Un pastelito y un café le otorgaban un aire casi doméstico a la escena, como si estuvieran en el proscenio de un teatro. Uno no acababa de saber cuánto de exhibición había en aquellos episodios. Al final, todo terminaba en un abrazo y un beso largo, como si esperaran el aplauso.

Un día María se largó. El departamento en la Avda. París de La California Norte quedó repentinamente en silencio. En la Caracas de los ochenta eso era particularmente grave, antes de que la ciudad pareciera una fábrica de ruidos. Por entonces era más silenciosa… más peligrosa, suponiendo que el silencio sea uno de los imponderables que más atormentan el alma. Cuando Luigi franqueó la puerta de su departamento, cruzó al mismo tiempo y para siempre el umbral de la demencia.

Al principio su manía parecía nada excéntrica. A fin de cuentas, Luigi no era el único fotógrafo que ocasionalmente charlaba con sus fotografías, pero el límite entre la cordura y la locura no está demarcado por lo que hacemos, sino por la frecuencia con que lo hacemos, y Luigi traspasó la frontera de lo excepcional. Cuando María se marchó, él solo escogió su mejor retrato y lo sentó a la mesa, en la cabecera, donde ella solía comer. En el resto de las sillas colocó fotografías de otros parientes. El conjunto parecía fantasmal, especialmente en las noches, cuando Luigi encendía las velas en lugar de los bombillos.

Poco a poco colegas, familiares y amigos dejaron de frecuentar aquel departamento, más por las evasivas de Luigi que por iniciativa propia. En sentido estricto, el hecho de que hubiera una fotografía anulaba la existencia del modelo fotografiado. Así fue transformándose el departamento en un mundo alterno, en el que la piel era sustituida por papel fotográfico. Luigi alucinaba estrafalarias cenas en las que sus convidados mantenían su pose inmutable. Y María era la excelsa majestad que nunca había sido.

No tardaron los paisajes en servir como telón de fondo a semejante fantasmagoría. Los pocos países que Luigi había conocido, siempre a través de la lente de su Canon réflex, eran ahora parte de su nueva y acomodada realidad. No faltaron tampoco los augustos personajes en aquel domicilio caraqueño. Está claro que el lindero entre el acá y el allá, entre la cordura y la locura, es incierto.

Al cabo de tres semanas, María extrañó a Luigi y quiso reconciliarse. Recordó que aún conservaba una llave del departamento, y pensó que la mejor estrategia sería sorprenderlo ligera de ropas, enredada entre las sábanas. Cuando abrió la puerta, Luigi no estaba, y todo había cambiado. En la sala de estar charlaban varios expresidentes latinoamericanos. En el comedor degustaban amigos comunes de la secundaria. En una esquina, escondida, una pareja parecía próxima a darse un beso. Y en otra, Marceau improvisaba una pantomima.

Aquí y allá, en todas partes, no había un solo espacio del departamento que no estuviera concurrido. ¡Ni qué decir de la primera habitación! Al abrir se entraba al Coliseo, y departían allí deportistas famosos con artistas e intelectuales. María se sintió importante. Cuando entró en la habitación del fondo, halló finalmente a Luigi. Él la rodeó sin reclamos por los hombros con su brazo de papel fotográfico.

María sintió nostalgia de aquel mundo demencial, y anheló convocar la epifanía del cuarto oscuro. Hay días en que poco importa la certeza del lindero, y si el acá y el allá son uno solo.

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