El silencio de la posmodernidad (I)

Por Kornelius Dekker

Hay libros funestos. Libros escritos para catapultar el odio. El judaísmo en la música es uno de ellos. Quizás Wagner no pudo sospechar el espaldarazo que daría en la distancia al nazismo, pero su responsabilidad al criminalizar a un ser humano por llevar en sus venas sangre de sus ancestros sí es asunto suyo. Sería una cretinez afirmar que Wagner publicó inocentadas en 1850 cuando pedía el exterminio judío, casi un siglo antes del auge de los campos de concentración: el tiempo es levadura del odio, y eso lo sabía el joven testigo de los disturbios de julio de 1830. Razón tiene Peter Sellars al decir de Wagner que «la música nunca es inocente».

Sabemos que la música wagneriana fue un símbolo de supremacía cultural, y Wagner su punto de inflexión. Letamendi llegaría a decir que la ilustración de cualquier nación era directamente proporcional a su admiración por Wagner. Quizás Nietzsche pensó en Letamendi cuando llamó idiotas a los wagnerianos. Al margen de los dimes y diretes, personalmente no puedo escuchar la Obertura de Parsifal sin reconocer en su música algo sublime. Schopenhauer creía que la música constituía la cima de las artes, y sospecho que Wagner tomó para sí este principio del maestro que admiraba.

El arte salva de la enfermedad. No lo digo yo. Lo decía Vygotsky. Y lo han dicho otros tantos, a pesar de Marguerite Yourcenar. Uno quisiera creer que es así, que el arte puede hacernos mejores, que al contacto con lo más sublime del ser humano, el arte nos puede volver inmunes a la barbarie. Pero la crónica de la crueldad humana durante el siglo XX y lo que va del actual parece hacer mentís de ello. En Auschwitz-Birkenau se obligaba a la banda de prisioneros a tocar obras de Wagner mientras se llevaba a cabo el proceso de selección. A cambio, los infelices músicos adquirían el derecho a sobrevivir un tiempo más en aquel cementerio de vivos.

Setenta años después, músicos, escritores y artistas siguen jugando irresponsablemente con la levadura del tiempo. Sin importar cuán ostensible sea su apoyo a regímenes de dudosa estatura moral, deciden convertirse en eunucos de la civilización. Directores de orquesta que se exhiben en los más bochornosos espectáculos de la política kitsch, esa con la que se disfrazan de demócratas los dictadores. Escritores que hacen de congresos literarios magacines de la ideologización y del afán por uniformar el pensamiento en una sola borregada de tontos útiles. Pareciera entonces que la lucidez del humanismo vagara en desconcierto por las galerías de un laberinto devenido en Minotauro.

Pareciera imposible leer a Ungaretti sin auscultar el país devastado que habita en el corazón del que se sienta a nuestro lado en el subterráneo. Su poesía es el dolor extravasado de un hombre que descubrió en la guerra la miseria del que lo ha perdido todo. No se puede intimar con Ungaretti sin volvernos más humanos, y sin embargo no bastó para contener a Mussolini el lujo histórico de haber sido su amigo.

El arte no salva al bárbaro. El arte es el muro de contención que el bárbaro debe derribar para abrirle paso a su festín de egoísmo. Tampoco salva al bárbaro ilustrado que hace arte. No se puede componer Lohengrin y pedir a renglón seguido para el judío «la lucha sangrienta de autoaniquilación», obliterando la inexcusable gratitud para con Meyerbeer, el maestro judío a quien Lavignac llamó el Protector de Wagner en Francia y Alemania. Hallo en Wagner el mismo grado de contradicción que en Furtwängler, von Karajan, Abreu y Dudamel.

Creo profundamente en la gratitud humana. Por ello no entiendo la deslealtad de Abreu y Dudamel para con una democracia que fungió como mecenas de un proyecto que no se bastaba solo. Lavignac se reservó para Wagner la expresión «negra gratitud». Y está claro que intimar con la Resurrección de Mahler no ha salvado a Abreu y a Dudamel de su negra gratitud.

Entonces, ¿a quién salva el arte? Viktor Frankl lo descubrió en ese sitio que llamaban Anus Mundi, el Ano del Mundo… Auschwitz: «et lux in tenebris lucet», y la luz brilló en medio de la oscuridad. El guardia pasó a su lado insultándolo, y al cabo Frankl retomó la conversación con su esposa ausente, la que sabía asesinada. Si extendía la mano podía coger la de ella. Y sin esperarlo, un ave se posó frente a él, mirándolo. Frankl había descubierto la logoterapia.

Para entonces, también había descubierto que los hombres que ejercitaban el músculo de la sensibilidad artística, intelectual o religiosa a menudo eran más fuertes que los Espartacos que deambulaban por aquel campo de exterminio. Y Frankl sabía que detrás de cada Espartaco queda una Via Apia sembrada de crucificados. No basta una cruz para matar las ideas y el arte.

La segunda noche de Frankl en Auschwitz es a la distancia un tratado de antropología cultural. Lo despertó una música abusiva y gastada, cantada por fantoches del nazismo en la habitación del guardia de la barraca donde dormía. Finalmente se hizo el silencio. Y del silencio emergió un violín que lloraba un tango desconocido en aquellas latitudes. Esa noche no solo lloró el violín. Tilly, la esposa de Viktor Frankl, cumplía 24 años, en algún sitio del no lugar nazi.

Pero el silencio de la noche de Frankl no es el silencio de la posmodernidad. Hay una distancia entre el silencio de Jesús o de Galileo y el silencio de la posmodernidad. El silencio de la posmodernidad es un silencio atomizado en palabras, hecho de palabras, enmascarado tras la palabra. Los nefastos hallaron el modo de hacer un nuevo silencio: nos hurtaron las palabras, y con ellas han amordazado todo vestigio de verdad. Lo entienden quienes se han dejado tocar por la poesía de Alejandra Pizarnik:

Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.

Los dictadores posmodernos hablan siempre de más. No importa cuántas sandeces digan. Importa solo plantarle al rostro del silencio la máscara de la verborragia falaz. El Águila de Hipona decía que «la verdad no grita con los labios, susurra en el corazón», pero los funestos, los dueños del silencio, gritan sus patrañas para romper el corazón donde habita la verdad. Merecerían un renovado Elogio de la necedad. Erasmo se sorprendería de cómo se ha democratizado la estulticia, y Unamuno de cuántos dictadores pululan en la intrahistoria de hoy.

¿El arte salva? Sí. Lo supo el Cromañón que talló el Mamut de Vogelherd, la obra de arte figurativo más antigua que existe hoy, hallada en una cueva homónima al sur de Alemania. Data de hace 35.000 años, unos 10.000 años más antigua que la Venus de Willendorf. Se trata de un mamut tallado en el colmillo de un mamut, todo un exorcismo estético a la intimidación, definida como refinada y bella por el arqueólogo que la halló, Nicholas Conrad. El arte salva porque la belleza es conjuro y conjura de la inteligencia frente a la barbarie, y también cuenta para sí con la levadura del tiempo.

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2 pensamientos en “El silencio de la posmodernidad (I)

  1. Mariela Capriles R.

    Gracias Gerónimo por compartir este articulo de tu blog. Me gusto mucho el aporte que le haces a los artistas diciendo que no hay arte inocente (creo que esas fueron tus palabras).
    El artista hace una labor importante y esa labor tiene consecuencias. Las posiciones tomadas
    en un momento las llevamos de ese momento en adelante a cuesta. Lo comparti.

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