Demencia senil

Por Jerónimo Alayón

La noche del 16 de enero pasado mi madre cruzó el umbral de la demencia senil. Un microinfarto del cerebro fue su pasaje. Apenas un día antes estaba entre nosotros, lúcida. Por lo pronto no se ha mudado del todo al limbo, pero lo hará. Todavía puede volver a ratos y visitarnos en nuestra cotidianidad, la cual, por cierto, ya empieza a resultarle intrascendente. Nuestro día a día comienza a construirse de cosas muy simples: el conejo que da saltos, la perra que hace cabriolas a la hora de comer, el pan que le gusta y toda una galería de seres fantásticos que solo ella puede ver.

envejecimiento

Pero lo que me motiva a escribir este artículo no es la pérdida de facultades cognitivas de mi madre y el modo como sus médicos luchan contra ello. Hay algo más y tiene que ver con el amor que ha perdido la asistencia de la memoria y la abstracción racional. Desde esa noche, mi madre ya no echa en menos el amor ausente de algún hijo ni se resiente del pasado. Solo siente el amor presente: un abrazo, la mano tomada, un regalo de sorpresa.

Ello me lleva a entender una verdad de Perogrullo: la temporalidad del amor es el presente. No reparamos en ello porque la memoria nos permite recordar que fuimos amados y sentirlo con tanta fuerza como si fuera actual. Sin embargo, no se puede amar en el pasado, solo recordarlo. Otro tanto ocurre con el futuro y el amor que soñamos entregar. No existe. Solo en el presente el amor es actual. Y cuando perdemos las facultades de la memoria y la abstracción, todo el amor que no es no está más.

Esa capacidad que tenemos para reconocer que alguien nos ama a pesar de la distancia o el distanciamiento desaparece con la demencia senil. El amor en ausencia es una abstracción mental que deja de serlo cuando la mente ya no puede concebirla. Y he descubierto que el odio también es otra abstracción mental. Mi madre, así, tan de pronto, ya no odia más. Y era lógico. El odio se alimenta de argumentos, que tampoco están en la persona con demencia senil. Cuando ella apenas puede recordar algún infortunio del pasado, solo hace una pálida mueca con el rostro y prosigue su andadura entre visiones y comentarios muy actuales.

El amor solo es y existe en el presente. Lo demás es adorno de tartaleta. Y es bueno saberlo para entender la importancia del momento actual. A menudo me quejo de hablar con las personas y sentirme postergado ante el teléfono móvil, la tableta o el computador. Vivimos un absoluto desprecio por el tiempo presente. Y creemos que todo será recuperable desde una aplicación de Facebook. No critico esas herramientas, que son fantásticas, sino nuestra descomunal torpeza para utilizarlas.

Creo que no exagero si digo que nunca antes se menospreció tanto a la persona y el momento presente. Desatendemos el encuentro actual con el Otro por atender la extemporaneidad del Otro en nuestros dispositivos móviles. Nos hemos acostumbrado a leer en la prensa las abultadas cifras de homicidios en países violentos como Venezuela, Siria o Nigeria. Oímos de violaciones monstruosas a los derechos civiles de poblaciones enteras sin que ello nos quite el apetito. Y hasta hacemos chistes de los atentados terroristas en Paris.

En dicha actitud no hay más que una cosificación de la persona humana, a la cual vemos, para no alterar nuestra comodidad vital, como parte de una estadística social. Si algo aprendí leyendo sobre los campos de exterminio nazi es que los números no aman ni odian y no mueren: el número de un reo muerto pasaba a estar en el brazo de otro reo vivo. Los números nunca darán cuenta exacta de la tragedia humana.

Cuando la demencia senil reclama a su pasajero, ya no queda tiempo para tanta abstracción sobre el horror y lo que podemos hacer para desteñirlo. Ya no es tiempo del mundo, sino de ese limbo que cada cual dispone para sí. Y en él todo se hace intrascendente porque ya no hay conciencia de la sucesión temporal. Del Chronos griego no queda nada en el anciano senil, y muy poco del Kayros. La senilidad se estaciona en un tiempo aiónico, un presente suspendido, muy parecido a la eternidad. Queda entonces preguntarse: ¿vale la pena desperdiciar tanto presente mientras aún podemos acumularlo en el recuerdo?

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