Demencia senil

Por Jerónimo Alayón

La noche del 16 de enero de 2016 mi madre cruzó el umbral de la demencia senil. Una  pequeña trombosis cerebral, silenciosa, fue su pasaje. Apenas un día antes estaba entre nosotros, lúcida. No se había mudado del todo al limbo, hasta que finalmente lo hizo hace diez días. Todavía podía ir y volver de a ratos para visitarnos en nuestra cotidianidad, la cual, por cierto, ya empezaba a resultarle intrascendente. Nuestro día a día, desde hace año y medio, se hizo muy complejo. De un lado, las cosas sencillas: el conejo que daba saltos, la perra que hacía cabriolas, el café de media tarde. De otro lado, lo lacerante: una galería de seres fantásticos que solo ella puede ver y que la atormentan, el insomnio (de todos en casa), los delirios, el olvido.

Hay dos fechas de defunción en la demencia: una ocurre el último día de vida, otra ocurre antes, el último día de cordura. Y por tanto hay dos duelos.

Pero lo que me motiva a escribir este artículo no es la pérdida de facultades cognitivas de mi madre y el modo como sus médicos lucharon contra ello. Hay algo más y tiene que ver con el amor que ha perdido la asistencia de la memoria y de la abstracción racional. Mi madre ya no echa en menos el amor ausente ni se resiente del pasado. Solo siente el amor presente: un abrazo, la mano tomada, un regalo de sorpresa, la galleta que le gusta. En una Venezuela donde todo falta, sobran el dolor y el coraje.

Ello me lleva a entender una verdad de Perogrullo: la temporalidad del amor es el presente. No reparamos en ello porque la memoria nos permite recordar que fuimos amados y sentirlo con tanta fuerza como si fuera actual. Sin embargo, no se puede amar en el pasado, solo recordarlo. Otro tanto ocurre con el futuro y el amor que soñamos entregar. No existe. Solo en el presente el amor es actual. Y cuando perdemos las facultades de la memoria y la abstracción, todo el amor que no es no está más.

Esa capacidad que tenemos para reconocer que alguien nos ama a pesar de la distancia desaparece con la demencia senil. El amor en ausencia es una abstracción mental que deja de serlo cuando la mente ya no puede concebirla. El amor en ausencia se alimenta de argumentos, que también dejan de estar en la persona con demencia senil.

El amor solo es y existe en el presente. Lo demás es inasible. Y es bueno saberlo para entender la importancia del momento actual. A menudo me quejo de hablar con las personas y sentirme postergado ante el teléfono móvil, la tableta o el computador. Vivimos un absoluto desprecio por el tiempo presente como continente del ser real. Hemos devenido en seres virtuales, casi ficticios. Y creemos que todo será recuperable desde una aplicación del iPhone. No critico esas herramientas, que son fantásticas, sino nuestra descomunal torpeza para utilizarlas.

Creo que no exagero si digo que nunca antes se menospreció tanto a la persona y su momento presente. Desatendemos el encuentro actual con el Otro por atender la extemporaneidad del Otro en nuestros dispositivos móviles. También nos hemos acostumbrado a leer en la prensa las abultadas cifras de homicidios en países violentos como Venezuela, Siria o Nigeria. Oímos de violaciones monstruosas a los derechos civiles de poblaciones enteras sin que por ello se nos quite el apetito. Y hasta hacemos chistes sobre los atentados terroristas en Paris.

En todo ello no hay más que una cosificación de la persona humana, a la cual vemos, para no alterar nuestra comodidad vital, como parte de una estadística social. Si algo aprendí leyendo sobre los campos de exterminio nazi es que los números no aman ni odian, y no mueren: el número de un reo muerto pasaba a estar en el brazo de otro reo vivo. Los números nunca darán cuenta exacta de la tragedia humana.

Cuando la demencia senil reclama a su pasajero, ya no queda tiempo para tanta abstracción sobre la vida y lo que podemos hacer para restañarla. Ya no es tiempo del mundo, sino de ese limbo que cada cual dispone para sí. La demencia no es una mirada al exterior, sino eterno ensimismamiento. Y en él todo se hace intrascendente porque ya no hay conciencia de la sucesión temporal. Del Chronos griego no queda nada en la senilidad, y muy poco del Kayros. La senilidad se estaciona en un tiempo aiónico, un presente suspendido, muy parecido a la eternidad. Queda entonces preguntarse: ¿vale la pena desperdiciar tanto presente mientras aún podemos acumularlo en el recuerdo?

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