El andén de las valijas olvidadas

Por Kornelius Dekker

A la memoria de Adolfo Gómez Asensi, Juan Gómez Asensi y Julián Oliván López (pasajero del Convoy de los 927). Ellos son parte de mi sangre diluida en el horror.

A la memoria de los casi cinco mil españoles asesinados en Mauthausen.

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Quedó sobre el andén un cortejo de valijas abandonadas. Cada una era el símbolo de un olvido. En el mundo hay tanto olvido como perfidia. Yo pertenecía ahora a aquella historia. Atrás habían quedado los días del Real Conservatorio Superior de Música en Madrid. Ahora me encontraba al noreste de Austria, en Mauthausen, el Campo de los Españoles. Este era un campo de exterminio de la Intelligentsia.

Me llamo Xavier Mompou, catalán. Hasta el verano pasado fui profesor de dirección orquestal en el Real Conservatorio de Madrid. Una madrugada fui sacado de mi piso, en la Calle de Alcalá, y conducido a la comandancia de policía. Se me leyeron los artículos de la Ley de Responsabilidad Política que me inculpaban. El juicio duró media hora. Un policía fue el fiscal acusador y otro el juez. Fui condenado por conspiración y deportado.

Estaba intrigado observando todas aquellas valijas en el andén cuando se me presentó un soldado alemán. Dijo llamarse Ernst Kaltenbrunner. Más tarde supe que era uno de los jefes de Mauthausen.

—¿Es usted el músico español?

Le dije que sí.

—Sígame. Usted se encargará de la orquesta. Toca cada vez que llega un tren, en los acontecimientos sociales y el domingo por la tarde para que se escuche por los parlantes en todo el campo.

Me condujo hasta la barraca de los músicos. Explicó las reglas del campo y se marchó.

—¡Ah! –acotó antes de marcharse–. Usted toca lo que se le ordene.

Allí, en la barraca, había unos treinta músicos. También estaban los instrumentos. Nuestra condición era privilegiada. Los otros prisioneros debían subir y bajar unas doce veces al día los 186 peldaños de la Escalera de la Muerte, con un bloque de granito al cuello. A cambio, debíamos tocar en el andén cada vez que llegaba un tren cargado de reclusos.

Fue fácil adaptarme a mi condición de nuevo director. Los músicos no me opusieron resistencia. Guardaban en su memoria el recuerdo del vienés que los dirigía antes de mí. Había sido condenado a la hipotermia el invierno pasado. Desde entonces no tenían director y habían sido empleados en la cantera más de lo que podían soportar. Un violinista se me acercó. Mostrándome el dedo índice de la mano izquierda, doblado como un signo de interrogación, me dijo:

—Un bloque me fracturó el dedo. No sé cómo toco. O sí. ¡Quiero vivir!

La cantera quedaba al fondo de la Escalera de la Muerte, donde hubiera correspondido al infierno de Dante. Una vez en ella, nos colgaban del cuello con una soga un bloque de granito. Este podía oscilar entre quince y cuarenta kilogramos. Lo demás era subir los 186 peldaños hasta el campo. La menor vacilación y las consecuencias podían ir desde la fractura de un pie o una mano hasta la caída al vacío. Los españoles nos hicimos famosos por una exclamación. La murmurábamos cada vez que alcanzábamos el final de la escalera: ¡Una victoria más!

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Poco a poco me fui familiarizando con la vida en Mauthausen, gracias a la ayuda de mis paisanos. A pesar de ello, mi desagrado con mi trabajo crecía día a día. Cuando un hombre comienza a odiar lo que hace, es hora de cambiar de oficio. Pero yo no podía dejar de ser músico. En Mauthausen habría significado morir.

Un domingo por la tarde nos ordenaron tocar en el Theater. Era una explanada con micrófonos, tan presumida de su rimbombante nombre como los ladrones de cuello blanco. La música salía por los parlantes del campo. Reparé en los rostros de mis músicos. Al concluir, deseé encontrar el modo de contrarrestar esa tristeza que nos volvía bestias conversando con ellos. Sin embargo,  Mauthausen no era un lugar propicio para la charla intelectual. Sobraban inteligencias bien cultivadas, pero los soldados de la SS cuidaban de que no habláramos entre nosotros. Nada hay más peligroso que permitir el diálogo de las inteligencias cuando se presume del poder.

Eso sí: a falta de tiempo para hablar sobraba tiempo para pensar. Yo pude entender en Mauthausen los mecanismos sórdidos del poder. Alguien asume el gobierno y su dinámica natural es la expansión. Si los mecanismos delimitadores son ineficientes, la autoridad deviene en autoritarismo y la mesa está servida para toda clase de atrocidades. Luego el tirano desarrolla una tecnología de preservación del poder. Perder el poder sería perder la vida. Vida y poder se consustancian. Cualquier pensamiento y voz disidentes han de ser exterminados. No hay lugar en el mundo para el otro. El poder ha de ser un yo absoluto, una omnipresencia y omnisciencia aniquiladoras.

Un día, picando rocas en la cantera, me golpeé accidentalmente una rodilla.

—¡Collons! –murmuré.

El hombre de mi derecha me preguntó:

—¿Español?

Lo miré y dije:

—No, catalán.

Se rió y, rápidamente para que el guardia no nos viera, me tendió la mano.

—Tanto gusto. Francisco Boix, catalán.

Le respondí el saludo diciendo mi nombre en medio de una apagada carcajada. Tenía en el brazo izquierdo, como yo, el triángulo azul con la «s» blanca de los españoles.

Boix era fotógrafo. Había militado en las Juventudes Socialistas de Cataluña y trabajado para la revista Juliol. Al ganar Franco la guerra, se marchó exiliado a Francia. Al año siguiente fue tomado preso por los nazis y traído a Mauthausen.

—Amigo Mompou –me susurró un día–, no queda mucho para que la guerra termine. Tengo decenas de fotografías escondidas sobre los crímenes que estos bárbaros han cometido. A su tiempo serán de utilidad. Pagarán. ¡Se lo juro!

Francisco y yo nos hicimos amigos, que en Mauthausen era mucho decir. Sus palabras me sirvieron de inspiración.  En aquel infierno era difícil lograr que las palabras tuvieran algún sentido.

Francisco Boix tenía un particular modo de ver la vida. Alguna vez se lo hice notar. Me contestó entonces con su agudo sentido del humor:

—¡Hombre, es que yo tengo un visor de puta madre!

Y era cierto. Tenía una capacidad especial para atrapar el ánimo de las personas con la lente de su cámara. Nunca supimos dónde escondía las copias de las fotografías que los nazis le ordenaban hacer. Cada cierto tanto nos mostraba alguna. Viendo una le dije:

—¡Llegará el día en que el mundo se estremecerá!

—¡Pues mira que me hubiera gustado más componer una jota! –dijo, y yo adiviné la amargura que se ocultaba en sus salidas.

Algunas tardes, mientras tomábamos el caldo aguado, Francisco y yo charlábamos. Era el único modo de hacerlo. Había que cuidarse de que no nos oyera algún soplón. Sobraban por una ración adicional de sopa. Algunas personas coquetean con el poder en descomposición, albergando la ilusión de que su putrefacción no los aniquile, pero terminan infectados y aniquilados.

—¿Cómo llegaste aquí, Francisco? –pregunté de una vez.

—Que no, coño, que no llegué. Me trajeron. Que si hubiera sido por mí me ahorraba el viajecillo hasta acá. Otra cosa: dime Paco, ¿estamos?

—Sí, claro, pero… ¿cómo te trajeron?

—Cuando el general Franco ganó la guerra, los que habíamos estado comprometidos con la causa republicana tuvimos que huir al sur de Francia. Allí nos metieron en unas pocilgas para refugiados. Luego nos enviaron al frente de guerra contra los nazis. Así se deshicieron de nosotros. Pues nada, un día nos vimos frente a un batallón de alemanes y nos cogieron presos. Lo demás, viaje tras viaje y llegar a este infierno. Corría el mes de enero de 1941. ¿Y tú?

—Yo era director suplente de la Orquesta Sinfónica de Madrid y profesor en el Real Conservatorio. Un estudiante de último año de piano en el conservatorio me delató. Yo no participaba en nada, pero era republicano de corazón.

—¡A las calladitas!

—Bueno, es un decir. Me tomaron preso, me enjuiciaron y me condenaron. Todavía no sé cuánto dura la condena, Paco.

—¡Toda la vida, joder, toda la vida!, que de aquí sales con los pies por delante. Y ni siquiera te meten al cajón de guardar muertos.

Estaban en eso Francisco y Xavier cuando se aproximó Jesús Tello con su pocillo de caldo. Xavier se pegó un susto creyendo que era uno de los capos.

—¡Tranquilo, hombre, que este es de los nuestros! –apuntó Francisco–. Este sí que tiene una historieta de cómo llegó aquí.

—¡Uf!, ni me la recuerdes –dijo con evidente rechazo Jesús.

—Hombre, que la cuentes. A ver si no es este músico el que sobrevive y cuenta, cuando esto acabe, quiénes fuimos tú y yo. Que te lo tengo dicho, Jesús: hay que recordar, hay que recordar para que estos animales paguen sus crímenes. Y para que le reclamemos al mundo un día su indiferencia de hoy.

—No me toques las narices, Paco, ¿y tú crees que esto acabe algún día?

—Bueno, Jesús, comenzó… así que terminará. ¡Hala! Cuenta de una buena vez, que te haces de rogar, coño.

Jesús Tello había llegado a Mauthausen en el verano de 1940, en el famoso Convoy de los 927. Era un tren que partió de Angoulême, al sur de Francia, con 927 españoles. Jesús se encontraba en el campo de refugiados de Les Alliers cuando fueron cercados por los alemanes. El mismo gobierno de Vichy que les había dado asilo los entregó. Subieron al tren. No sabían a dónde iban.

Cuatro días más tarde bajaban del tren en Mauthausen. Los gritos de los soldados de la SS y los ladridos de los perros no eran un buen augurio. Un SS abrió la puerta del vagón donde estaba Jesús y gritó:

—Wie alt? –largando una mirada depredadora sobre un niño.

Nadie respondió. El SS saltó dentro del vagón y dio dos tirones por el brazo del niño. La madre del niño lo abrazó con ahínco. El hombre sacó su pistola. Apuntó a la madre. Luego al niño. Luego a la madre. Disparó. Primero al niño y después a la madre. Jesús entendió que los días de la Guerra Civil española eran la infancia del horror que habría de venir. Y recordó a Kurtz en el final de El corazón de las tinieblas.

Aquel era uno de los primeros trenes de la muerte. No llevaba judíos ni homosexuales ni gitanos. Ni siquiera podría decirse que llevaba comunistas. Llevaba familias. Algunos ni habían luchado contra Franco. Parecía entonces un nimio detalle, pero no hay detalles simples en la mente de los criminales. Aquel tren de Angoulême inauguraba una tradición de muerte. Formó parte del primer engranaje en la maquinaria de exterminio nazi, la partida de nacimiento de un genocidio que correría sobre rieles de acero.

La mirada indiferente del mundo civilizado de aquellos días, y aún de hoy, fue el telón que veló la complicidad con el horror. Hay en el mundo tanto silencio como perfidia. Y en el teatro de la política internacional muchos visten un disfraz para disimular su maldad líquida.

La amistad entre Jesús Tello y Francisco Boix estaba blindada con la rúbrica de la muerte. Boix entregaba a Tello las copias que hacía como fotógrafo oficial de Mauthausen y las que robaba del archivo. Tello las transportaba hasta la cantera y las escondía. Aquellas copias eran los fotogramas de una película inédita. Sin ellas se habría cumplido el decreto aplicado a los españoles en Mauthausen, el decreto Nacht und Nebel, noche y niebla.

***

Nunca olvidaré la primera tarde que tocamos en el andén. Habíamos montado por órdenes del comandante Speer la ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner. Estábamos listos para comenzar a tocar. Speer se acercó hasta mí. Puso sobre mi sien su pistola y susurró:

—Si la orquesta deja de tocar, tengo una bala con su nombre.

Comenzamos la Obertura. En la mirada de los músicos había desazón. Nunca me lo habían contado en las noches del barracón. Pronto yo descubriría el connubio entre la música y la muerte.

De un tren bajan seres humanos. Han cometido el delito de existir. Su pecado fluye por sus venas como el veneno en un río. Son agrupados en dos filas. De un lado, hombres. Del otro, mujeres, niños y ancianos. El comandante Speer entresaca a los niños. Los coloca delante de un paredón de piedra, a la vista de sus padres y abuelos. Dispara sobre ellos al ritmo del preludio. Cada tanto un SS dispara sobre una madre o un padre que corren desesperados hacia su hijo, todo al tempo wagneriano.

Al mirar a los músicos, sentí que las notas salían de sus instrumentos con una fuerza apócrifa. Era el grito de la música en su profanación. Un alud golpeó mi mente: mi batuta marcaba el ritmo de la muerte que Wagner había vaticinado… ¿de manera inocente? Recordé un libro suyo, El judaísmo en la música. Y desee recibir aquella bala con mi nombre.

Hay un estadio de máxima putrefacción del poder: cuando este se solaza en la aniquilación del otro. Al principio, el exterminio es una necesidad vital. Luego cesa toda amenaza existencial, pero el exterminio ha de seguir como potestad del sadismo. La destrucción del otro se convierte en la única diversión que satisface al tirano. Un juego de autoafirmación. Una carcajada sin voz.

Sonó el último acorde de Tristán e Isolda. Nadie aplaudió. Recordé a mi prometida, los días de concierto en Madrid y los aplausos al terminar aquella misma ópera en el Teatro de los Campos Elíseos. Recordé las palabras de Dante en el Infierno: «Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria». Entre un ser humano y otro hay muchas diferencias, pero se pueden reducir a dos: su capacidad de hacer bien o mal y su decisión de asumir una cosa o la otra. Entendí lo que debía hacer. Speer no malgastaría su bala.

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Las noches siguientes en la barraca fueron de reuniones clandestinas. Yo era el único músico español. Los demás provenían de Alemania, Austria, Polonia y Francia, así que hablábamos fundamentalmente en alemán y francés. Yo sabía que como director tenía una responsabilidad que no podía eludir.

—No teman –les dije una noche–, al que ejecutarán será a mí. De todas formas, cada uno de nosotros morirá. La diferencia estará en la dignidad con que muramos. No nos sentaremos a aguardar miserablemente la muerte.

Aquella noche del invierno de 1944, Xavier Mompou había dado forma a lo que seis meses más tarde se conocería como Die Revolution der Musiker, la Revuelta de los Músicos.

¿Cómo restaurar los mecanismos de control del poder cuando aquellos han sido desmontados? El autoritarismo desarrolla una tecnología tal de represión que no permite su domesticación. La bestia se alimenta del miedo de sus súbditos. Vive fuerte en la paraplejia de la masa. Cuando se le sustrae el alimento, la tiranía muere. Pero… ¿cómo hacerlo? ¿Cómo perder el miedo a no tener miedo? Nada teme más la bestia que la volición del libre arbitrio. Un acto de libre voluntad podría ser la primera contracción en el parto de la libertad.

En las noches Xavier se reunía con los músicos, de a dos para no despertar sospechas. Afinar un solo detalle podía llevar semanas. No todos los músicos estaban claros en que iban a participar de una revuelta. Todos, eso sí, sabían que tocarían en algún momento el Va pensiero de la ópera Nabucco de Giuseppe Verdi. A los músicos que no formaban parte del complot, Xavier les decía:

—Son órdenes de Speer. Pregunte a él.

Lo más difícil fue montar el coro. Nunca un coro había cantado en Mauthausen. El maestro Mompou tuvo que ganarse la simpatía del comandante Speer. Luego de algunos conciertos privados, le autorizó a montar el Tannhäuser de Wagner. Tras semejante fachada arreglaba Xavier el coro rebelde. Así llamaron los músicos complotados al coro de Nabucco. La letra y música no fueron fáciles de rescatar. Mientras los otros presos acarreaban bloques de granito, los músicos rebeldes acarreaban sobre su memoria los trozos olvidados de una obertura a la libertad.

Al cabo de tres meses habían reconstruido el Va pensiero. El maestro Mompou tomó entonces una decisión que haría la diferencia: la cantarían en alemán y no en italiano.

—Me matarán –dijo una noche a los músicos del complot–, pero no seguirán matando la música en cada festín de muerte.

***

—¿Estás seguro de lo que vas a hacer, Xavier? Mira que estos salvajes no llevan nada en pegarle un tiro a uno.

—Paco, tú te arriesgas con la fotografía. Yo, con la música. No tienes idea de la fuerza que puede tener la música en un momento dado. La mitad de los que están aquí son judíos. Cuando oigan el coro cantado en alemán, se rebelarán. Nos pondremos de pie y nuestros verdugos se arrodillarán, se arrodillarán para siempre.

—Hombre, Paco, ¿qué le has estado charlando a este músico que ahora parece un comunista? –preguntó Jesús en broma–. ¿Acaso está con nosotros en la Resistencia?

—Pues no, pero nos vendría nada mal.

—Lo lamento, Paco y Jesús. Yo debo hacer esto solo. No puedo comprometerlos. Solo puedo arriesgar mi vida y no la de otros.

—Coño, ¿pero arriesgar qué, si aquí la vida está en permanente riesgo? Paco, este tío será buen músico, pero no tiene ni puta idea de lo que tenemos que hacer. Estoy de acuerdo en lo de la revuelta, pero… ¿con musiquita? ¡Joder! Aquí lo que tenemos que hacer es cargarnos a estos animales, ¡ya!

Aquel «ya» sonó entre español y alemán. El maestro Mompou sabía que Jesús Tello tenía razón, pero antes de soltar las cerillas había que regar la gasolina. Y él sabía cómo hacerlo con la música. Había visto decenas de auditorios crisparse con una interpretación musical. Había sido testigo de la devastadora seducción de la música, y la Revuelta de los Músicos sería esa gasolina esparcida en Mauthausen.

Los tiranos son más vulnerables cuando son más fuertes porque tienen más miedo. El miedo de la bestia se traduce en represión. Miedo a la primera sospecha de libertad. Miedo a que alguien barrunte las fisuras del totalitarismo. Miedo a que la masa descubra que es, desde siempre, la propietaria de la fuerza.

—¿Cómo va lo de tu revolución, Xavier? –preguntó Francisco Boix una tarde en que coincidieron castigados en la cantera–. Este domingo cantaremos el coro rebelde, en el Theater.

—¿Este domingo? Oí decir al comandante Kaltenbrunner que los aliados se aproximan. Cada día llegan más trenes con presos. Creen que entre Alemania y Austria podrán defenderse. Yo creo que no. ¿Por qué no esperas a que tenga más noticias para que tu concierto sea el gatillo de la revuelta? Tenemos casi todo planeado. Hay grandes probabilidades de que liberemos el campo, pero hay que hacerlo con mucho cuidado para que no seamos al final una isla libre rodeada de un mar nazi.

—Será este domingo –asentó Xavier al par que colgó de su cuello un bloque de granito y echaba escaleras arriba.

Fue la última vez que Francisco y Xavier hablaron. También la última vez que Jesús Tello vio al músico de lejos. Corría la última semana de abril de 1945. En el corazón del maestro Mompou había una angustia que nadie sospechaba.

***

La barraca de los músicos era la quince. En la barraca dieciséis, a principios de abril, habían llegado deportadas del campo de mujeres de Ravensbrück, en Alemania, un grupo de reclusas entre las que se encontraba una sevillana de nombre Carmen Zapater. A pesar de la malnutrición y el maltrato físico, todavía podía verse que era una mujer hermosa. Lejos de ser una ventaja constituía un problema: los SS se ensañaban sexualmente con las reclusas atractivas.

Xavier había reparado en ella. Se las arreglaba para encontrarse con ella, según pudiera. La primera vez que Xavier la vio estaba en la cola fuera de la cocina. Ella avanzaba con su pocillo lleno de sopa. Un niño de unos seis años se puso al final de la fila con un envase de conservas vacío. Ella supo inmediatamente que no le darían sopa. Vertió el caldo de su pocillo en el envase del niño, quien se alejó apretándolo contra su pecho. Ella se quedó sin comida aquel día.

—No podía quedarme como si nada, señor Mompou. Yo estoy deportada por esconder en mi casa a un republicano herido. Pero aquel niño qué ha hecho. Sé que su madre habría hecho lo mismo por él.

—Me duele ver cómo asesinan a los niños. Aquí la muerte hace la diferencia entre unos y otros.

—Disculpe que le contradiga, señor Mompou, pero no es la muerte la que hace la diferencia, sino el modo como se vive.

—Tiene usted razón. ¿Usted es republicana?

—Pues no. Ni soy republicana ni soy franquista. Soy española. Y eso tenía que habernos bastado a los españoles. Partir a España en dos solo sirvió para que hoy estemos aquí y mañana quién sabe. ¿Y usted?

—Lo que se dice republicano… no. Estoy en contra del general Franco por habernos arrebatado la constitución que los españoles nos dimos. Pero republicano como otros aquí, no. Aunque tengo mis ideas de izquierda.

—Yo no tengo ideas ni de izquierda ni de derecha, mi…

—¡Pero es que hay que definirse!

—Y yo lo estoy. Mi único partido es España y mis únicos camaradas son los españoles. Con nuestras divisiones hemos mutilado a España y le hemos puesto un bastón para que ande renca por la historia.

Las charlas entre Xavier y Carmen se dieron con una frecuencia inusual en Mauthausen. Los soldados andaban más ocupados en destruir evidencias y camuflar el exterminio que en atosigar a los reclusos. En aquella media docena de encuentros, Xavier halló la convicción para culminar su plan. Un día antes de la última conversación con Francisco Boix en la cantera, Carmen le confesó que al lunes siguiente las sacarían de Mauthausen en una marcha a destino incierto. Carmen sabía que sería el final. Esa había sido la razón por la que el maestro Mompou no podía postergar la Obertura del Nabucco, y sabía que debía dar buen uso a la escasa libertad de que disponía.

Un tirano es alguien cuya libertad no tiene límites. Devora la libertad de otros. Estos dejan de tener vida propia: viven a través del despliegue vital del caudillo. Las personas comunes se sientan en torno de una mesa, empobrecida, a hablar de los logros del caudillo, como si no se tratara del mismo caníbal que ha engullido sus sueños. Hasta que alguien recuerda que la libertad del opresor es inversamente proporcional a la libertad del oprimido.

***

El domingo 29 de abril de 1945 amaneció fresco y despejado. La actividad en la cantera seguía a marcha frenética. Xavier recordó a un hombre que se había lanzado el día antes desde lo alto de la Escalera de la Muerte, con el bloque colgado del cuello. Otros muchos fueron empujados.

Cuando marchaba hacia el terraplén donde ensayarían el Tannhäuser  que nunca tocarían, vio a un hombre aferrado a la verja electrificada, sin vida. Era uno de los violinistas de la orquesta.

Xavier sabía que aquella tarde pondría fin a su vida. Pensó en Carmen. Y si las cosas llegaran a ser de otro modo. Si solo esperamos a que lleguen los aliados y nos salven. ¿Pero cuándo llegarán? ¿Antes del lunes? –pensó. Era mucha la incertidumbre. ¿Acaso el acorde inicial de la Quinta Sinfonía de Beethoven sería el mismo si faltara una sola de las tres corcheas? Ya habían llegado muy lejos. A su mente volvía la imagen de las cerillas y la gasolina.

La enfermedad más contagiosa en una tiranía es el miedo. En la medida en que los hombres emblemáticos sean doblegados, otros temerán. Todo parece distante hasta que alguien de nuestra calle es tocado. Inmediatamente todos temen. El terror está allí, muy cerca. No es ficticio, pero cada hombre que teme es una ficción creada por el caudillo.

La rebeldía también es contagiosa, lo sabe el tirano. Su capacidad de propagación es limitada. Solo cuando se percibe que la rebeldía es una epidemia, los infectados por el miedo se curan abruptamente y sobreviene el cambio.

A las tres de la tarde estaban ya todos los músicos en el Theater. Era evidente el nerviosismo. También los oficiales estaban algo inquietos. Se los veía ir y venir. Murmuraban con mayor frecuencia. La Escalera de la Muerte parecía una fila de hormigas absurdas subiendo y bajando. El andén estaba abarrotado de personas que no dejaban de llegar. Desde el Theater teníamos una vista panorámica de la estación, del campo y de la cantera. El comandante Speer estaba en los alrededores, pero parecía no ocuparse de nosotros.

Tomo mi batuta. La alzo. Miro uno a uno a mis músicos. Son mis músicos. Ellos me miran. Puedo sentir la tensión en cada falange. Pienso en Carmen, en Paco y en Jesús. En cada español que quizás nunca será liberado del olvido. Pienso que la memoria es la victoria de la razón sobre la barbarie. Y pienso que la música es el himno de los seres libres. Miro a la cantera. Miro otra vez a mis músicos. Y asiento con mi cabeza un segundo antes de mover la batuta.

Las primeras notas retumbaron poderosas, pero pasaron desapercibidas. Solo al golpe del primer acorde algo empezó a suceder. Miré a la cantera: los hombres de pie, las rocas de granito cayendo. Cuando el coro comenzó a cantar en alemán, se escuchaba ya un murmullo creciente de fondo. Cada vez más gente se detenía y cantaba lo que recordaba. El coro, entusiasmado, triplicaba su potencia. Mauthausen estaba paralizado.

¡Vuela pensamiento, con alas doradas,
pósate en las praderas y en las cimas
donde exhala su suave fragancia
el aire dulce de la tierra natal!
¡Saluda a las orillas del Jordán
y a las destruidas torres de Sión!
¡Oh, mi patria, tan bella y abandonada!
¡Oh recuerdo tan grato y fatal!
Arpa de oro de los fatídicos vates,
¿por qué cuelgas silenciosa del sauce?
Revive en nuestros pechos el recuerdo,
¡háblanos del tiempo que fue!
Canta un aire de crudo lamento
o que te inspire el Señor una melodía
que infunda virtud al padecimiento,
que infunda virtud al padecimiento,
que infunda virtud al padecimiento,
virtud al padecimiento.

Concluyó el coro. Se escuchaban disparos y gritos. La Revuelta de los Músicos había comenzado. Los soldados de la SS apenas se daban abasto para controlar la situación. Alcé mi batuta de nuevo y volvimos a interpretar el Va pensiero. Íbamos por la tercera ejecución de la Obertura cuando el comandante Speer se presentó. Me apuntó con su pistola.

—¿Qué cree que hace? ¡Acompáñeme! Usted –dijo a uno de los músicos de la orquesta–, dirija el Tannhäuser.

El comandante Speer condujo al maestro Mompou a unos diez metros de la orquesta. Lo obligó a hincarse de rodillas. Miró al director sucedáneo.

—Comience el Tannhäuser de una vez –gritó–. He estado aguardando por este momento, Herr Ya le dije que tengo una bala con su nombre. Y para que vea el desperdicio de su atrevimiento, ahora la orquesta tocará Tannhäuser. Usted es basura. Nadie sigue a una porquería como usted. Dije que tocara el maldito Tannhäuser –gritó de nuevo al director apuntándolo con su arma. Este se apresuró a obedecer la orden.

No sonaron las notas iniciales de la Obertura del Tannhäuser. Volvió a escucharse el Va pensiero. El comandante tembló de ira y disparó al director. La orquesta no se calló. Disparó a un violinista y luego al otro y al oboísta. La orquesta no se callaba. El Comandante giró hacia el maestro Mompou. Con un gesto de desolación, disparó sobre la frente del músico rebelde. El coro siguió cantando. Morir es vencerse a sí mismo. Speer echó a correr por una galería. La música de Verdi se enseñoreaba de Mauthausen.

Civilización y barbarie son los extremos pendulares de la historia. A un lado, los caudillos asfixian la voz de la inteligencia. Solo toleran la adulación del eco. Al otro extremo, las víctimas del horror conocen la textura del silencio. ¿Acaso hay algo más subversivo que el silencio?

Los días que siguieron a aquel domingo fueron muy difíciles para los reclusos. Los españoles republicanos habían organizado un movimiento de resistencia. El miércoles llegaron más soldados de la SS y los enfrentamientos hacían muy difícil saber qué pasaría. A pesar de sus buenas intenciones, el comando de la Resistencia estaba muy mermado.

El viernes amaneció el campo sin soldados nazis. La incertidumbre se apoderó de todos. Francisco Boix aseguraba que había oído al alto mando decir que los tanques americanos estaban muy cerca. Jesús Tello sostenía que había que salir del campo. Otros no querían abandonar Mauthausen. Aseguraban que era una emboscada para matarlos a todos. Finalmente decidieron no salir del campo y aguardar.

Francisco Teix y Santiago Bonaque, dos veteranos de la Guerra Civil española y jefes del comando de la Resistencia, propusieron fabricar varias banderas: española, americana, británica y soviética, pues no sabían cuál de los aliados llegaría. También propusieron hacer una pancarta de bienvenida a los aliados en español, inglés y ruso. La idea fue bien acogida.

A la una de la tarde del viernes 5 de mayo de 1945, Francisco Teix estaba comenzando a escribir la última palabra de la pancarta que decía: Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras. En aquel momento alguien gritó desde la terraza del crematorio:

—¡Vienen unos tanques!

Un silencio lo invadió todo como la lava que muerde la ladera de la montaña.

—Paco, ¿y si son los alemanes? –preguntó Teix a Francisco Boix con la brocha en la mano.

Una algarabía se esparció como una ola de arena por todo el campo. Francisco Boix, cámara en mano, bajó de la terraza donde estaban hacia el patio central.

—Tú solo termina la puta pancarta –dijo volteando hacia Teix justo antes de tomar las escaleras.

Cuando Teix concluyó la pancarta, otro miembro del comando de la Resistencia, de apellido Corona, se la arrebató y la desplegó sobre la fachada del patio central. Abajo dominaba el desorden. Los reclusos agitaban sus boinas, gritaban y se abrazaban. Teix pudo reconocer desde arriba a Paco Boix con su cámara, listo para hacer una foto, y alzó su mano para saludar. También vio al extremo del patio, en la fachada principal, a Jesús Tello con una mandarria destrozando el águila imperial nazi que custodiaba la entrada del campo.

Aquella águila había sido el símbolo de una represión omnipresente. Estaba labrada en las pistolas de los soldados nazis, estampada en los pendones, ceñidas a los impecables uniformes. Nada escapaba al ojo omnisciente del águila nazi.

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Francisco Boix observó a través del visor de su cámara toda la escena. Hizo un encuadre y disparó justo cuando entraba el primer tanque americano. Paco no bajó su cámara. En el medio de la escena, mirando a la cámara de Boix, estaba Carmen Zapater. Pudo ver por el visor la tristeza que se dibujaba en su rostro. Recordó al maestro Mompou. Era extraño. Ahora que era libre, Boix sentía tristeza. Muchos no alcanzaron a vivir la liberación. Se sintió indigno de estar allí. También sintió trivial aquella entrada de los tanques americanos. Y comprendió que la verdadera liberación tomaría el resto de su vida.

————–

Dekker, K. (2015). Las alas del escorpión. Caracas, Venezuela, Círculo de Akanthos, pp. 81-101.

NOTA: Kornelius Dekker es un heterónimo de Jerónimo Alayón Gómez.

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