Un poema de Cinzia Ricciuti

Quiero ofrecerles hoy un hermoso poema de Cinzia Ricciuti, una amiga con quien comparto poesía y la angustia de un país que se deshilacha. Más abajo les dejo el correo en el que le comentaba a Cinzia mi lectura del poema, y que ella ha considerado, sabiamente, que debía trascender el silencio. Les recomiendo ampliamente leer su blog Verdades que asoman.

Poemas en los vidrios

Por Cinzia Ricciuti
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Music, pink and blue – Georgia O’Keeffe

Treinta y cinco años para una nueva bicicleta, menos mal que el tiempo de dios es perfecto, Juno alcanzó a Júpiter, ni los más grandes se escapan, así son los matrimonios, los astrólogos se siguen burlando de los idiotas, sólo los árboles de mango son confiables, Caracas ciudad de loros, Bagdad no es una ciudad, yo te respeto tú me matas, un discurso de Héctor a los Troyanos diciendo que no permitirá a los Aqueos que perturben la cotidianidad, Priamo ya tiene la solucion en el llanto, la barriga del caballo de madera se contrae en su risa de burla, un talkshow con Antígona e Ismene de invitadas, Ismene se lleva todos los aplausos, es la más inteligente, dice el público caníbal superviviente asustado, una náusea tan náusea que te lleva a acercarte al impresentable de Sartre mientras Camus se estampa de nuevo contra el árbol, paraguas vacíos, poemas en los vidrios, ya no hay espejos decentes, Nietzsche se acaricia el bigote pensando “se los dije” en su sanatorio mental, Georgia O’Keeffe pinta su vagina enamorada en forma de flor pero dice que no, que no es su vagina, la Ricciuti repite que le tocó una época pobre, si sigues con la vista gacha nacerán árboles de tu mirada, así es la tierra de fértil, una vez se dijo que no había que usar paraguas, nadie escuchó. Sigue leyendo

71° aniversario de la liberación de Mauthausen

 

Por Jerónimo Alayón

Mauthausen

Hoy se cumplen 71 años de la liberación del campo de exterminio nazi de Mauthausen. Allí murieron gaseados dos tíos abuelos míos por vía materna. No eran republicanos, pues no militaban en ningún bando de la Guerra Civil española, sino labriegos desplazados por la confrontación bélica. Digo esto para acotar que no es sano afirmar que «todos» los españoles asesinados en Mauthausen, que pasan largo de los 4.000, eran republicanos. Eso añade un acento a la tragedia que solo sirve para banalizarla, pues el horror fue aun mayor: allí murieron familias enteras de desplazados, niños y ancianos que no tomaron partido en la guerra. Y sí, ciertamente la mayoría fueron republicanos.

Lo peor de una fecha como esta es leer los debates sobre cifras de muertos y comparaciones con el otro holocausto español, que es muy cierto, el de los gulags rusos. Olvidamos que al caer la primera víctima del odio la condición humana de todos, sin excepción, ha quedado disminuida. No importa si fue republicano o nacionalista, si murió en Mauthausen o en Siberia. Con el primer asesinato por odio de un español, cada español, incluidos los que descendemos de hispanos, hemos perdido en nuestra condición humana un algo que nos obliga a ser más dignos, a trabajar para que nunca más un ser humano muera asesinado, física o moralmente, por razón de su raza, religión o credo político.

 

La banalidad del mal y el poder

Por Jerónimo Alayón

Como algunos lectores supondrán, estoy partiendo de los presupuestos de Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén (1963). En el libro, la filósofa alemana reflexiona sobre el juicio a Adolf Eichmann, el jerarca nazi que fue artífice de los trenes de la muerte durante el Holocausto. Arendt acuña el término banalidad del mal para referirse a la comisión del mal no por perversión, sino por razones burocráticas. El propio Eichmann confesaría durante el juicio que los judíos eran solo estadísticas que él debía cumplir.

Con frecuencia algunos se preguntan si es posible tal cosa, la banalidad del mal. En principio, no. El mal y sus efectos no son banales. Por el contrario, quienes lo padecen lo sienten como algo dramático y muy significativo en sus vidas.

Caperucita Roja, por Gustave Doré (1832-1883).

Caperucita Roja, por Gustave Doré (1832-1883).

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