Walser y la poesía: silencio atrás del silencio.

Por Kornelius Dekker

Cruzo como a través de un sueño turbio… Todo
parece doble o triplemente silencioso.

Robert Walser

Quizá pueda parecer una mala idea comenzar un ensayo con un epígrafe de Walser, el poeta de las huellas en la nieve, el poeta de los paseos y el silencio, el loco. Pero no lo es. Aquel hombre, que fue capaz de escribirle un discurso a un botón, aún hoy sigue incomodando a muchos: «Cuando los hombres empiezan  a contabilizar éxitos y reconocimiento se ponen casi gordos de autosatisfacción saturadora, y la fuerza de la vanidad los va inflando hasta convertirlos en un globo irreconocible». Aquel hombre es una de las voces más autorizadas del s. XX literario. Y no lo digo yo. Así lo reconoció quien lo consideraba un maestro: Kafka.

Cuando uno piensa la poesía desde la óptica de Walser la entiende de un modo distinto: «Se olían los árboles al caminar bajo ellos, se oía caer la fruta madura sobre los prados y senderos…Cruzo como a través de un sueño turbio… Todo parecía doble o triplemente silencioso». El silencio es una clave esencial para entender la poética de Walser, y desde allí plantearse la propia. Muy propicio, por cierto, en tiempos cuando la posmodernidad nos desdibuja con otros silencios. Walser, el de los Microgramas–aquellos 526 textos escritos a lápiz con microscópica caligrafía gótica–es un acróbata de la cotidianidad. Para el poeta suizo, había poesía detrás de cualquier realidad, por banal y rutinaria que pareciera. Detrás del silencio de la cotidianidad, Walser adivinaba lo inasible. Por ello no sería exagerado decir que la poesía de Walser es el contorno de un silencio. Sigue leyendo “Walser y la poesía: silencio atrás del silencio.”

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La poesía nos salvará

Por Jerónimo Alayón

En diciembre pasado despedí a un amigo octogenario que marchó a México. Antes de irse, me dijo: «La poesía nos salvará». Tengo cierta dificultad para expresar la sorpresa que sus palabras produjeron en mí, quizás porque escribo poesía y no me había planteado hasta ahora algo tan radical. «La poesía nos salvará». Llevo semanas pensando en esa frase, preguntándome a cuántos salvó la poesía. En principio –no lo pude evitar– desfilaron frente a mí quienes alguna vez me acompañaron con sus voces en aquellas lejanas madrugadas: José Antonio Ramos Sucre, Alejandra Pizarnik, Cesare Pavese, Paul Celan, Alfonsina Storni, Anne Sexton, Sylvia Plath, Martha Kornblith. Todos poetas suicidas.

Más tarde recordé aquella lapidaria frase de Theodor Adorno en Prismas: «Luego  de lo que pasó en el campo de Auschwitz, es cosa barbárica escribir un poema». A la luz del pensamiento del filósofo alemán, parece que la poesía tiene poco o nada que salvar en la decadencia de una posmodernidad que hace aguas, que Bauman no ha dudado en llamar modernidad líquida. Pero en seguida surgió en mí una pregunta suspicaz: ¿luego de Auschwitz, es un acto de barbarie escribir un poema, pero no lo es escribir un ensayo de filosofía? ¿Qué salva a Adorno de la barbarie? Precisamente el lenguaje. El mismo Adorno descubrirá en el epistolario entre el poeta austríaco Hugo von Hofmannsthal y el poeta alemán Stefan George que el símbolo poético es un ritual sacrificial: «Esta es la raíz de toda poesía –escribía Hofmannsthal–: El oficiante murió en el animal. Nosotros nos disolvemos en los símbolos».

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La banalidad del mal y el poder

Por Kornelius Dekker

Como algunos lectores supondrán, estoy partiendo de los presupuestos de Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén (1963). En el libro, la filósofa alemana reflexiona sobre el juicio a Adolf Eichmann, el jerarca nazi que fue artífice de los trenes de la muerte durante el Holocausto. Arendt acuña el término banalidad del mal para referirse a la comisión del mal no por perversión, sino por razones burocráticas. El propio Eichmann confesaría durante el juicio que los judíos eran solo estadísticas que él debía cumplir.

Con frecuencia algunos se preguntan si es posible tal cosa, la banalidad del mal. En principio, no. El mal y sus efectos no son banales. Por el contrario, quienes lo padecen lo sienten como algo dramático y muy significativo en sus vidas.

Parto entonces del principio de que aunque el mal no es banal, sí se puede banalizar su percepción social, que es hacia donde apunta Hannah Arendt. Este es el norte precisamente de dictadores y malos gobernantes: cimbrar las palabras y los hechos para que alcancen significados relativos y eufemísticos, hacer de la palabra el lupanar de los mediocres. Los nazis llamaron solución final al genocidio judío, y detención preventiva al encarcelamiento en campos de exterminio. En este sentido, la frase en el arco de bienvenida de Auschwitz representa el clímax de dicha banalización: «El trabajo os hará libres». Sigue leyendo “La banalidad del mal y el poder”