El andén de las valijas olvidadas

Por Kornelius Dekker

A la memoria de Adolfo Gómez Asensi, Juan Gómez Asensi y Julián Oliván López (pasajero del Convoy de los 927). Ellos son parte de mi sangre diluida en el horror.

A la memoria de los casi cinco mil españoles asesinados en Mauthausen.

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Quedó sobre el andén un cortejo de valijas abandonadas. Cada una era el símbolo de un olvido. En el mundo hay tanto olvido como perfidia. Yo pertenecía ahora a aquella historia. Atrás habían quedado los días del Real Conservatorio Superior de Música en Madrid. Ahora me encontraba al noreste de Austria, en Mauthausen, el Campo de los Españoles. Este era un campo de exterminio de la Intelligentsia.

Me llamo Xavier Mompou, catalán. Hasta el verano pasado fui profesor de dirección orquestal en el Real Conservatorio de Madrid. Una madrugada fui sacado de mi piso, en la Calle de Alcalá, y conducido a la comandancia de policía. Se me leyeron los artículos de la Ley de Responsabilidad Política que me inculpaban. El juicio duró media hora. Un policía fue el fiscal acusador y otro el juez. Fui condenado por conspiración y deportado.

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El último tren

Por Kornelius Dekker

No niego que sirva contemplar alguna vez en el alma, como en una tabla, la imagen de un mundo mayor y mejor: no sea que la mente, acostumbrada a las minucias de la vida presente, se contraiga excesivamente y se dedique entera a mezquinas cavilaciones.

 
Thomas Burnet

El último tren

Cuento finalista en el XXV Premio Internacional Juan Rulfo (Francia, 2008)

«La vida es un tren que marcha de regreso al cobertizo». Así solía decir mi amigo Franz Herzberg hace poco más de sesenta años. Desde que me desperté a las 5.30 de esta mañana lo he recordado con insistencia, quizás porque me he levantado con un dolor opresivo en la boca del estómago y una debilidad que me trae a la memoria los días en Auschwitz.

Como no tenía ganas de desayunar, me he ido a mi biblioteca para pasar el rato leyendo. Tomé al azar un libro y me sorprendió el hecho de que no sabía que ese libro estaba allí. Al menos no lo recordaba. Es la Balada del anciano marinero, de Samuel Taylor Coleridge. Un libro que nunca he leído. En la primera página tiene escrito de mi puño y letra lo siguiente: Philippe Picard. Caracas, 12.9.1986. Así suelo identificar mis libros. Es una costumbre de familia.

Creo que me afectó leer la palabra anciano, así que me quedé sentado en la butaca con el libro entre las manos. Recordé que había soñado con cumplir los veintiuno. La tradición familiar era celebrarlo con una tarta de manzanas.

Mi madre se esmeró aquel día. Muy a pesar de lo pobre que éramos, hizo la tarta. Desde el día antes había buscado tres manzanas rojas y grandes. La mesa sobre la que comíamos era un reguero de harina. Ella, las pocas veces que hacía tartas, se divertía espolvoreándonos algo de harina encima. Cuando estuvo lista para el horno, me dijo:

—Di si quieres cambiarle algo. Después de que esté horneada, no habrá forma de hacerlo.

Yo sabía que era solo una formalidad que no debía atender. Finalmente la introdujo en el horno de una cocina a leña que ostentaba la marca Beutin con grandes letras.

Al rato, un aroma poco usual inundaba aquel departamento en un París que había olvidado el placer de vivir. Era el preludio de un festejo familiar. Mientras la tarta se horneaba, mi madre volvía todo a su orden prístino. Lo hacía con tal prolijidad que podía verse en su rostro el placer que le producía. Al sacar la tarta del horno, mi tío Arthur entró a la cocina gritando:

—¡Estamos en guerra!

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El fotógrafo

Por John Parker

Finalista en el I Concurso Internacional de Relato Breve
«Cada loco con su tema»
(México, 2012)

Luigi era fotógrafo profesional, y estaba convencido de que cada uno lleva dentro un espejismo fabricado durante años. Él y su esposa pasaban el día riñendo y la noche reconciliándose. Las cafeterías eran su sitio predilecto para discutir. Un pastelito y un café le otorgaban un aire casi doméstico a la escena, como si estuvieran en el proscenio de un teatro. Uno no acababa de saber cuánto de exhibición había en aquellos episodios. Al final, todo terminaba en un abrazo y un beso largo, como si esperaran el aplauso.

Un día María se largó. El departamento en la Avda. París de La California Norte quedó repentinamente en silencio. En la Caracas de los ochenta eso era particularmente grave, antes de que la ciudad pareciera una fábrica de ruidos. Por entonces era más silenciosa… más peligrosa, suponiendo que el silencio sea uno de los imponderables que más atormentan el alma. Cuando Luigi franqueó la puerta de su departamento, cruzó al mismo tiempo y para siempre el umbral de la demencia.

Al principio su manía parecía nada excéntrica. A fin de cuentas, Luigi no era el único fotógrafo que ocasionalmente charlaba con sus fotografías, pero el límite entre la cordura y la locura no está demarcado por lo que hacemos, sino por la frecuencia con que lo hacemos, y Luigi traspasó la frontera de lo excepcional. Cuando María se marchó, él solo escogió su mejor retrato y lo sentó a la mesa, en la cabecera, donde ella solía comer. En el resto de las sillas colocó fotografías de otros parientes. El conjunto parecía fantasmal, especialmente en las noches, cuando Luigi encendía las velas en lugar de los bombillos.

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