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Relatos escritos por Jerónimo Alayón Gómez y sus heterónimos.

El andén de las valijas olvidadas

Por Kornelius Dekker

A la memoria de Adolfo Gómez Asensi , Juan Gómez Asensi y Julián Oliván López (pasajero del Convoy de los 927). Ellos son parte de mi sangre diluida en el horror.

A la memoria de los casi cinco mil españoles asesinados en Mauthausen.

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Quedó sobre el andén un cortejo de valijas abandonadas. Cada una era el símbolo de un olvido. En el mundo hay tanto olvido como perfidia. Yo pertenecía ahora a aquella historia. Atrás habían quedado los días del Real Conservatorio Superior de Música en Madrid. Ahora me encontraba al noreste de Austria, en Mauthausen, el Campo de los Españoles. Este era un campo de exterminio de la Intelligentsia.

Me llamo Xavier Mompou, catalán. Hasta el verano pasado fui profesor de dirección orquestal en el Real Conservatorio de Madrid. Una madrugada fui sacado de mi piso, en la Calle de Alcalá, y conducido a la comandancia de policía. Se me leyeron los artículos de la Ley de Responsabilidad Política que me inculpaban. El juicio duró media hora. Un policía fue el fiscal acusador y otro el juez. Fui condenado por conspiración y deportado.

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Disponible «Las alas del escorpión»

Tapa 2

Queridos lectores:

Luego de siete años de trabajo en este libro, hoy finalmente lo damos a la estampa, en formato Kindle y en papel, bajo mi heterónimo Kornelius Dekker.

Comencé su escritura por allá, en julio de 2008, con la ilusión de enviar aquel primer relato, El último tren, al Concurso Internacional Juan Rulfo, en Francia. Y voilà, el cuento quedó finalista entre casi seis mil relatos que participaban. Luego escribí nueve cuentos hasta completar diez, pero en el proceso de corrección, que es donde radica verdaderamente la escritura, se redujo el conjunto a nueve relatos, que son los que se ofrecen hoy al lector.

Las alas del escorpión es un libro en el que he gastado mucho esfuerzo. Tratándose de un libro de relatos donde exploro la psicología de las víctimas y los victimarios durante el nazismo, la investigación histórica era un eje fundamental para dar soporte verosímil a la ficción.

Adentrarse en las entrañas del horror no ha sido fácil, pero el esfuerzo bien ha valido la pena. No es posible comprender el horror sin correr el riesgo de legitimarlo, de darle una carta de ciudadanía para que se acomode al centro de la civilización, como una categoría más de la barbarie sometida a intelección.

Este es también un libro en el que quise explorar la escritura de diversas técnicas narrativas. No me limité a un solo modo de narrar. De allí que quizás surja alguna dificultad para lectores acostumbrados a un solo ritmo narrativo en un libro de relatos. El lector, por ejemplo, se topará con un relato bastante sencillo y lineal como El gorrión caído del nido, y a renglón seguido se enfrentará a otro texto como Los hijos del rastro en el agua, sin narrador, hilado solo por el flujo de conciencia de los protagonistas.

Espero que este libro sea de grata lectura para ustedes, queridos lectores de mi blog. Reproduce él una mínima expresión de días fatales que vivieron nuestros antepasados. Yo mismo, sin ser descendiente de judíos, tengo tíos abuelos gaseados en Buchenwald. Eso nos dice que nadie está a salvo del horror. Por ello conviene voltear a verlo una vez más, no sea que olvidemos reconocer su infancia en los días que nos toca vivir.

Con afecto,

Jerónimo Alayón Gómez

Caracas, 31 de agosto de 2015.

El último tren

Por Kornelius Dekker

No niego que sirva contemplar alguna vez en el alma, como en una tabla, la imagen de un mundo mayor y mejor: no sea que la mente, acostumbrada a las minucias de la vida presente, se contraiga excesivamente y se dedique entera a mezquinas cavilaciones.

 
Thomas Burnet

El último tren

Cuento finalista en el XXV Premio Internacional Juan Rulfo (Francia, 2008)

«La vida es un tren que marcha de regreso al cobertizo». Así solía decir mi amigo Franz Herzberg hace poco más de sesenta años. Desde que me desperté a las 5.30 de esta mañana lo he recordado con insistencia, quizás porque me he levantado con un dolor opresivo en la boca del estómago y una debilidad que me trae a la memoria los días en Auschwitz.

Como no tenía ganas de desayunar, me he ido a mi biblioteca para pasar el rato leyendo. Tomé al azar un libro y me sorprendió el hecho de que no sabía que ese libro estaba allí. Al menos no lo recordaba. Es la Balada del anciano marinero, de Samuel Taylor Coleridge. Un libro que nunca he leído. En la primera página tiene escrito de mi puño y letra lo siguiente: Philippe Picard. Caracas, 12.9.1986. Así suelo identificar mis libros. Es una costumbre de familia.

Creo que me afectó leer la palabra anciano, así que me quedé sentado en la butaca con el libro entre las manos. Recordé que había soñado con cumplir los veintiuno. La tradición familiar era celebrarlo con una tarta de manzanas.

Mi madre se esmeró aquel día. Muy a pesar de lo pobre que éramos, hizo la tarta. Desde el día antes había buscado tres manzanas rojas y grandes. La mesa sobre la que comíamos era un reguero de harina. Ella, las pocas veces que hacía tartas, se divertía espolvoreándonos algo de harina encima. Cuando estuvo lista para el horno, me dijo:

—Di si quieres cambiarle algo. Después de que esté horneada, no habrá forma de hacerlo.

Yo sabía que era solo una formalidad que no debía atender. Finalmente la introdujo en el horno de una cocina a leña que ostentaba la marca Beutin con grandes letras.

Al rato, un aroma poco usual inundaba aquel departamento en un París que había olvidado el placer de vivir. Era el preludio de un festejo familiar. Mientras la tarta se horneaba, mi madre volvía todo a su orden prístino. Lo hacía con tal prolijidad que podía verse en su rostro el placer que le producía. Al sacar la tarta del horno, mi tío Arthur entró a la cocina gritando:

—¡Estamos en guerra!

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