El héroe órfico (parte II)

Por Kornelius Dekker

Terminamos el texto de la semana pasada hablando de catábasis y anábasis, entendiendo por la primera el descenso al inframundo y por la segunda el ascenso a la luz. Orfeo ha bajado vivo al Reino de los Muertos y se ha asistido con un arma peculiar: su lira. El combate que libra en el Hades es de orden espiritual, por consiguiente, su catábasis no es cognitiva, como la nekyia (viaje al Hades) de Odiseo (canto XI de la Odisea), sino heroica, como la de Heracles, quien viajó al Hades para capturar al can Cerbero (la última de las tareas impuestas por Euristeo a Heracles).

Lo primero que está implícito en el mito de Orfeo y Eurídice es que debió vencer su propio miedo a las profundidades del Hades, confesado por él, según Ovidio: «Por estos lugares yo, llenos de temor». El héroe órfico se enfrenta a todo por amor, incluso a sí mismo. Esto explica su popularidad desde la Edad Media hasta el siglo XIX. Con la posmodernidad, Orfeo fue desplazado por Sísifo —poco no le debemos en esto a Camus—. Nuestra modernidad líquida ha preferido lamentarse por un chismoso que fue condenado al eterno absurdo de subir una roca a una cima. Y ha olvidado que solo una vez Sísifo pausó su desquiciado tormento: cuando Orfeo tocó su lira en el Hades.

Una vez que Orfeo obtiene el permiso de Hades y Perséfone para resucitar a su esposa, y advertido —como Lot— de no volver la mirada, inicia el ascenso junto a su amada «por los mudos silencios un sendero, / arduo, oscuro, de bruma opaca, denso», según Ovidio. Así asciende Eurídice guiada por su esposo del Reino de los Muertos al mundo de los vivos, y cruza de regreso a este por la laguna Estigia. La anábasis de Orfeo es un ascenso a la luz liberadora de sus propias limitaciones, pero la anábasis de Eurídice es una resurrección.

Orfeo y Eurídice a orillas de la Estigia (1878), de John Roddam Spencer Stanhope.

Hay, sin embargo, un elemento, el error trágico: Orfeo, víctima de una locura momentánea, se gira a mirar a Eurídice cuando esta aún está saliendo del Reino de las Sombras. Las palabras de la amada no pudieron ser más desgarradoras. Nos las cuenta Virgilio: «¿Qué delirio, Orfeo mío—exclamó—; qué delirio me ha perdido, infeliz, y te ha perdido a ti? Ya por segunda vez me arrastran al abismo los crueles hados; ya el sueño de la muerte cubre mis llorosos ojos. ¡Adiós, adiós!, las profundas tinieblas que me rodean me arrastran consigo, mientras que, ya no tuya, ¡ay!, tiendo en vano hacia ti las débiles palmas».

Sigue leyendo “El héroe órfico (parte II)”
Anuncios

El héroe órfico (parte I)

Por Kornelius Dekker



Ya por segunda vez me arrastran al abismo los crueles hados; ya el sueño de la muerte cubre mis llorosos ojos. ¡Adiós, adiós!, las profundas tinieblas que me rodean me arrastran consigo, mientras que, ya no tuya, ¡ay!, tiendo en vano hacia ti las débiles palmas.
 
Virgilio (Geórgicas, libro IV)
 
Y si los hados niegan la venia por mi esposa, decidido he
que no querré volver tampoco yo. De la muerte de los dos gozaos.
 
Ovidio (Las metamorfosis, libro X)

De los mitos griegos, el de Orfeo y Eurídice es el que más me apasiona. No solo porque es una imponente historia de amor, sino porque sintetiza magistralmente los procesos de luz y oscuridad en los que se sume la lucha humana y espiritual del héroe órfico.

Cuenta Ovidio en Las metamorfosis que a los días de casarse con Orfeo, Eurídice fue mordida en un talón por un áspid y murió. Desolado, Orfeo decidió descender al inframundo para rescatar a su amada. Ya en presencia de Hades y su esposa Perséfone (los dioses infernales), recitó al son de su mágica lira y los persuadió de que le permitieran resucitar a Eurídice. Había, sin embargo, una condición: él debería marchar delante de su amada, y no podría voltear a mirarla hasta que ambos hubieran dejado por completo el Reino de las Sombras. Orfeo inició el ascenso y cumplió lo exigido, pero cuando ya estaban por abandonar el Hades, y preso de una locura momentánea, él se giró y la miró, justo antes de que se esfumase para siempre.

Por donde se la mire, es una historia trágica. Quiero, sin embargo, justificar mi postura sobre Orfeo como un héroe, a pesar de su aparente fracaso.

También nos cuenta Virgilio en sus Geórgicas que Orfeo se retiró como un asceta (acompañado solo de su lira) a cantar lastimeramente por la esposa perdida dos veces, hasta que las bacantes, indignadas por el desprecio que les hiciera Orfeo tras ellas cortejarlo, y llenas de envidia por el continuo homenaje de que era objeto Eurídice, le cortaron la cabeza y la echaron al río.

Sigue leyendo “El héroe órfico (parte I)”

Kairofanía

Por Jerónimo Alayón

A mi esposa Carol

La casa del lago (2006), un drama fílmico del director argentino Alejandro Agresti, cuenta la historia de un romance desfasado en el tiempo. Corre el año 2005 y la Dra. Kate Foster (Sandra Bullock) ha decidido mudarse de la casa del lago a Chicago. Antes de marcharse, deja una nota en el buzón de correo para el siguiente inquilino: en ella pide que le envíe, a una determinada dirección, la correspondencia que llegue a su nombre. El nuevo ocupante de la casa es el arquitecto Alex Wyler (Keanu Reeves), quien lee la nota de Kate, solo que dos años antes, en 2003.

Pronto ambos se percatarán, intercambiando cartas por medio de un buzón prodigioso, de que viven simultaneidades espaciales en tiempos distintos. Así transcurre la película hasta que finalmente Kate y Alex, que se han enamorado por correspondencia, consiguen reunirse al sincronizar sus tiempos y espacios, pero hay un detalle: ambos ya se habían encontrado y besado una vez, sin que supieran a ciencia cierta que eran los interlocutores de sus cartas. El primer y oportuno «te amo» de Kate, en su última carta, es la llave que hace posible el acompasamiento de ambas temporalidades y pone fin al destiempo de sus amores.

La película no consiguió una crítica mayormente favorable, cierto. El argumento es difícil, sin dudas, y supone una cierta formación filosófica para entenderlo y valorarlo, pero logra a cabalidad contar una historia, un drama de amores desencontrados. Hay en la película otras narrativas secundarias que son fascinantes, como las de la relación entre Alex y su padre Simón (un arquitecto famoso, ante el cual Alex se siente disminuido), o la de Kate y su exnovio Morgan, o la de Alex y su hermano Henry, todas marcadas por el signo del destiempo. Lo que me interesa aquí, sin embargo, no es hacer una crítica de la película, ni siquiera explicar el argumento —magistralmente hilvanado por el guionista David Auburn (Premio Pulitzer 2001)—, sino hurgar en el sustrato filosófico de una trama tan interesante como rica en significados.

Sigue leyendo “Kairofanía”

Un arte que guía a la imaginación

Por Kornelius Dekker

Los buenos maestros, los buenos libros, los buenos métodos, la buena dirección de la enseñanza son necesariamente la obra de una cultura intelectual muy adelantada.


Andrés Bello

Tanto el título de este artículo como su epígrafe han sido extraídos del discurso pronunciado por don Andrés Bello el 17 de septiembre de 1843 en la instalación de la Universidad de Chile. Mucho se ha dicho sobre este discurso, pero poco se ha reparado en sus últimos párrafos, quizás porque se ha prestado demasiada atención al Bello académico, político y jurista. En el colofón de su intervención, el Cisne del Anauco parte de una sentencia de Goethe para delinear lo que, a su juicio, ha de ser el alma de la universidad: «Es preciso, decía Goethe, que el arte sea la regla de la imaginación y la transforme en poesía». Y unas líneas más abajo sentenciará con severidad: «Yo no encuentro el arte en los preceptos estériles de la escuela».

«Que el arte sea la regla de la imaginación». Esta sola frase daría para escribir un libro. ¿Qué significa el arte como regla? Bello se adelanta a posibles descalificaciones y afirma: «Esta es mi fe literaria: libertad en todo», por tanto, el arte en cuanto que regla es la libertad en sí misma. Y esta libertad la fija Bello en un punto equitativamente opuesto a «la docilidad servil que lo recibe todo sin examen» y «la desarreglada licencia que se rebela contra la autoridad de la razón y contra los más nobles y puros instintos del corazón humano». Es una libertad —diríamos en términos aristotélicos— virtuosa.

Ahora bien, el arte libre ha de dirigir a la imaginación. ¿No tendría que ser al revés? Si nos quedaba alguna duda, Bello se encargará de disiparla: «Creo que hay un arte que guía a la imaginación». Bello, como digno hijo de la Ilustración, será un convencido de que solo el «genio competentemente preparado» podrá alcanzar las relaciones intangibles de la «belleza ideal», en las cuales se funda el arte libre. Por consiguiente, si el arte libre está cimentado en la belleza ideal, esta última es la que guía a la imaginación, y lo hace por medio de un acto de voluntad estética y libérrima. Este planteamiento de Bello roza la dimensión mística, ciertamente.

Sigue leyendo “Un arte que guía a la imaginación”