El factor D

Por Jerónimo Alayón

A finales del año pasado se divulgó, en varios medios internacionales de comunicación, el resultado de una investigación llevada a cabo por estudiosos alemanes y daneses. Los especialistas identificaron un conjunto de nueve rasgos consustanciales a una personalidad malvada, que llamaron factor D (de Dark, ‘oscuro’). En términos generales, el Factor D sería la inclinación excesiva a sobredimensionar el ego en desmedro del otro. La personalidad D se define por la tendencia a colocar los propios intereses, deseos y motivaciones por encima de los de los demás, incluso sacrificando los del bien común. La investigación arrojó, además, que los afectados suelen poseer no solo uno, sino varios de los aspectos, y que no siempre son tan evidentes.

Antes de desarrollar los nueve rasgos del factor D, es oportuno decir que existe un elemento transversal a todos: la falta de empatía. La empatía puede ser entendida como una resonancia afectiva, esto es, la capacidad de sintonizar con los demás. En términos más coloquiales, ese ponernos en lugar del otro. No solo es el fundamento de las relaciones interpersonales, sino que regula nuestro comportamiento en sociedad. Una personalidad no empática termina siendo pasto de sus propios instintos y deseos, sin los límites que le impone tomar en consideración al otro.

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Kairofanía

Por Jerónimo Alayón

A mi esposa Carol

La casa del lago (2006), un drama fílmico del director argentino Alejandro Agresti, cuenta la historia de un romance desfasado en el tiempo. Corre el año 2005 y la Dra. Kate Foster (Sandra Bullock) ha decidido mudarse de la casa del lago a Chicago. Antes de marcharse, deja una nota en el buzón de correo para el siguiente inquilino: en ella pide que le envíe, a una determinada dirección, la correspondencia que llegue a su nombre. El nuevo ocupante de la casa es el arquitecto Alex Wyler (Keanu Reeves), quien lee la nota de Kate, solo que dos años antes, en 2003.

Pronto ambos se percatarán, intercambiando cartas por medio de un buzón prodigioso, de que viven simultaneidades espaciales en tiempos distintos. Así transcurre la película hasta que finalmente Kate y Alex, que se han enamorado por correspondencia, consiguen reunirse al sincronizar sus tiempos y espacios, pero hay un detalle: ambos ya se habían encontrado y besado una vez, sin que supieran a ciencia cierta que eran los interlocutores de sus cartas. El primer y oportuno «te amo» de Kate, en su última carta, es la llave que hace posible el acompasamiento de ambas temporalidades y pone fin al destiempo de sus amores.

La película no consiguió una crítica mayormente favorable, cierto. El argumento es difícil, sin dudas, y supone una cierta formación filosófica para entenderlo y valorarlo, pero logra a cabalidad contar una historia, un drama de amores desencontrados. Hay en la película otras narrativas secundarias que son fascinantes, como las de la relación entre Alex y su padre Simón (un arquitecto famoso, ante el cual Alex se siente disminuido), o la de Kate y su exnovio Morgan, o la de Alex y su hermano Henry, todas marcadas por el signo del destiempo. Lo que me interesa aquí, sin embargo, no es hacer una crítica de la película, ni siquiera explicar el argumento —magistralmente hilvanado por el guionista David Auburn (Premio Pulitzer 2001)—, sino hurgar en el sustrato filosófico de una trama tan interesante como rica en significados.

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Un arte que guía a la imaginación

Por Kornelius Dekker

Los buenos maestros, los buenos libros, los buenos métodos, la buena dirección de la enseñanza son necesariamente la obra de una cultura intelectual muy adelantada.


Andrés Bello

Tanto el título de este artículo como su epígrafe han sido extraídos del discurso pronunciado por don Andrés Bello el 17 de septiembre de 1843 en la instalación de la Universidad de Chile. Mucho se ha dicho sobre este discurso, pero poco se ha reparado en sus últimos párrafos, quizás porque se ha prestado demasiada atención al Bello académico, político y jurista. En el colofón de su intervención, el Cisne del Anauco parte de una sentencia de Goethe para delinear lo que, a su juicio, ha de ser el alma de la universidad: «Es preciso, decía Goethe, que el arte sea la regla de la imaginación y la transforme en poesía». Y unas líneas más abajo sentenciará con severidad: «Yo no encuentro el arte en los preceptos estériles de la escuela».

«Que el arte sea la regla de la imaginación». Esta sola frase daría para escribir un libro. ¿Qué significa el arte como regla? Bello se adelanta a posibles descalificaciones y afirma: «Esta es mi fe literaria: libertad en todo», por tanto, el arte en cuanto que regla es la libertad en sí misma. Y esta libertad la fija Bello en un punto equitativamente opuesto a «la docilidad servil que lo recibe todo sin examen» y «la desarreglada licencia que se rebela contra la autoridad de la razón y contra los más nobles y puros instintos del corazón humano». Es una libertad —diríamos en términos aristotélicos— virtuosa.

Ahora bien, el arte libre ha de dirigir a la imaginación. ¿No tendría que ser al revés? Si nos quedaba alguna duda, Bello se encargará de disiparla: «Creo que hay un arte que guía a la imaginación». Bello, como digno hijo de la Ilustración, será un convencido de que solo el «genio competentemente preparado» podrá alcanzar las relaciones intangibles de la «belleza ideal», en las cuales se funda el arte libre. Por consiguiente, si el arte libre está cimentado en la belleza ideal, esta última es la que guía a la imaginación, y lo hace por medio de un acto de voluntad estética y libérrima. Este planteamiento de Bello roza la dimensión mística, ciertamente.

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Noli turbare circulos meos

Por Evaristo Carrión


La esperanza es el único bien común a todos los hombres; los que todo lo han perdido la poseen aún.

Tales de Mileto

Corría el año 212 a. C. y Siracusa era sometida desde hacía dos años a un brutal asedio por parte de las tropas romanas. La causa del retraso en la toma de la tan codiciada ciudad era un sabio, cuyos inventos habían causado hasta el pánico entre los soldados de la robusta República romana. Un día salió un haz de luz desde lo alto de una torre y, una a una, las naves romanas fueron engullidas por las llamas. Cuando por fin lograron traspasar las murallas de Siracusa, el notable ingeniero estaba inmerso en sus pergaminos. Ni siquiera notó la visita del centurión que lo conminó a dejarse aprehender. «Noli turbare circulos meos» (no molestes mis círculos), fue la respuesta del matemático, en alusión a las figuras geométricas de sus planos. Era la advertencia del progreso a la barbarie. Al cabo, el soldado desenvainó su espada y traspasó la humanidad de Arquímedes.

Nunca supimos el nombre de aquel infeliz salvaje —silenciosa venganza de la historia—, pero a nadie en el mundo de la academia le es ajeno el nombre del notable sabio siracusano. Quizá alguien se sienta llamado a rebatirme con el argumento de que Roma llevó progreso a aquellas tierras anárquicas y bárbaras, pero Siracusa no era nada de eso. Con mucho, aquella isla —la más griega de las islas italianas— nos hace deudores de grandes progresos y luces. Bastaría solo con recordar los nombres de algunos poetas, tragediógrafos, filósofos, retóricos, oradores y sabios siracusanos para sonrojarnos y entender la trascendencia de aquel rival de Atenas.

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